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21 feb. 2015

JUAN JOSÉ PÉREZ BUSTELO

Siempre es mal día para morir, más aún si se está comenzando en los cincuenta y te quedan tantas cosas por hacer: con tu mujer, con tu hijo, con tus amigos, en tu trabajo, en tus aficiones y devociones, con la vida en definitiva, Juanjo, como a ti te quedaban. Sí es cierto, a poco que se te conociera, que hacerlo en un Miércoles de Ceniza no era una opción descartable para ti y de ahí que, en ese aspecto, no debes estar descontento en absoluto.
Hace dos días fui a despedirte al mismo sitio en el que tuvimos nuestra última conversación. También despidiendo a un candelario nuevo, aunque yo lo conocía hacía muchos años, que supo granjearse el aprecio y afecto de todos. Te sentí muy malito, Juanjo, y me lo confirmaste en la conversación que tuvimos cuando nos salimos de la capilla del tanatorio pues no te encontrabas bien entre tantas personas; pero te noté fuerte y con ganas de luchar, llamando a la enfermedad por su nombre y lleno de Esperanza como no podía ser menos en un hombre de Fe y de Dios como eras. Recuerdo que llegó Maribel buscándote y cuando nos vio juntos se apartó y nos dejó emplazándonos de nuevo a la cerveza y conversación que teníamos, y tendremos ya eternamente, pendiente. Es quizá por esto último que, como dice Serrat, “no hago otra cosa que pensar en ti”. Igual me pasó con Joaquín de los Reyes, también se fue dejando pendiente una conversación y una cerveza; no me vuelve a pasar, Juanjo, te lo aseguro, cualquier candelario que me reclame para hablar me tendrá a su disposición cuándo, cómo y dónde quiera inmediatamente, siempre los monólogos, como este que escribo ahora, son más desagradables y tristes que una buena charla entre rubias fresquitas.
Nunca fuimos amigos, en el sentido amplio que les da las ocho acepciones del DRAE, Juanjo, y no es necesario serlo para sentir y mostrar aprecio personal por una persona. Creo que ese fue nuestro caso: había afecto, respeto y una cierta condescendencia en el pensar y desear aunque con distintas formas de llevarlas a la práctica. En la conversación pendiente, seguramente hubieran salido como temas de la misma: la actualidad, la política, el futbol, el trabajo y tal vez algún tema más, pero todos de pasada y superficialmente para centrarnos en lo que nos gustaba, atraía y sentíamos: la Hermandad de la Candelaria.
No sé si recuerdas cuándo y cómo nos conocimos con un poco más de consistencia, yo sí. Fue durante el mandato de Juan Zorrilla. Ya nos habíamos visto muchas veces, claro está; pero hasta que organizamos en aquel tiempo, una serie de reuniones encaminadas a encauzar las inquietudes de muchos jóvenes de la Hermandad hacía la constitución de una candidatura, no habíamos hablado ni profundizado en las ideas que nos motivaban y movían. Qué inocente éramos Juanjo, fijamos como sitio de reunión la casa de hermandad para estas reuniones a puerta abierta y nos usaron Juanjo, como tantas otras veces, nos usaron. La limpieza y la fraternidad hace tiempo que pasaron a mejor vida en nuestras Hermandades. Yo mal creo que las hemos convertido en clubes sociales a los que sólo les faltan la piscina y la pista de paddle. De aquel movimiento solo salió: la manipulación torticera de lo tratado y varios Oficiales de la siguiente Junta de Gobierno en la que destacó uno por una frase que usaba mucho y demostraba su actitud y aptitud para serlo: “me follo a los capataces y costaleros”, “me follo a los acólitos”, “me follo a los celadores”; en fin: tanto folló que se hartó y se fue.
A partir de aquellas reuniones apareció el aprecio y el respeto entre nosotros, pero también la separación en el día a día la Hermandad. Nunca estuvimos en la misma “cuerda” y aunque nunca llegamos al enfrentamiento sí, en algunos momentos, yo al menos te sentí lejos y extrañé; creo que tú en otros momentos también extrañarías algo o mucho de mí. Tú sabías, aunque nunca lo hablamos directa, clara y pausadamente, el abandono que sentí de tu parte cuando eras Diputado Mayor de Gobierno y yo capataz del paso de palio con Ramón Castro de Hermano Mayor. Nunca entendí que diciéndome en persona que te gustaba y estabas de acuerdo con el trabajo que realizaba, y estando bajo tu responsabilidad consintieras que se pusiera un delegado de costaleros que venía a destruir aquel trabajo, como así lo hizo. No se buscaba el bien de la Hermandad con ello, si ese hubiese sido el motivo yo habría claudicado en todo, se buscaba lo que se buscaba y hoy es palpable. Te eché de menos en la agria reunión que tuvimos: Hermano Mayor, Mayordomo y diputado de costaleros, éste último también Oficial de Junta. En aquella reunión, se da la paradoja que se me ponen tantas trabas inconsistentes al trabajo que venía realizando, que fuerzan mi renuncia ya que no hubo valentía ni para echarme. Al año siguiente  dos de los “jueces” pasan a ser capataces, lo que buscaban: Mayordomo y diputado de capataces y costaleros, otra vez que nos usaron Juanjo, otra vez.
Pese a todo lo anterior eran más las cosas que nos unían que las que nos separaban, inmensamente más y principalmente tres: Nuestro Padre Jesús de la Salud, Nuestra Señora y Madre Candelaria y nuestra Hermandad que siempre estarán por encima de todas nuestras miserias y defectos humanos de los que tú ya, desgraciadamente, eres libre. Mi hijo Jesús de la Salud, en la Semblanza de Juventud que hizo en la Hermandad hace unos años dijo: “en las Hermandades están los nuevos, los viejos y los de siempre”; en este último grupo nos podríamos encuadrar Juanjo, en los de siempre y pese a todo.
Sí. Pese a todo y todos, pues hasta por eso pasamos Juanjo. Que me gustaría poder hacer público los muchos e-mail que tengo cruzados contigo hablando de Hermandad. En ellos hay mucha verdad, muchos sentimientos, mucho dolor, mucha Hermandad y mucho catolicismo. Tú tuviste la mala experiencia de que te apartaran de la Junta de Gobierno de la Hermandad, por eso me pudiste dar tantos consejos, tanto ánimo y tanta comprensión cuando me tocó a mí pasar por ese trance. Tú ya puedes saber, desgraciadamente, si es verdad lo del oráculo, si es verdad ese dicho de los “buenos cofrades” para justificar sus acciones: “lo que Ellos quieren”; sí, ya sabes si es verdad que Dios y su Divina Madre se dedican a hablarles y decirles a estos hermanos lo que tienen que hacer con los otros. Ya me contarás, Juanjo, y seguro que nos reiremos mucho por este motivo y tu contestación.
He sentido tu enfermedad y muerte Juanjo. No he sido capaz de expresártelo en vida y ya sé que de nada vale el decírtelo ahora que estás ausente. No sé si ha sido cortedad, pereza, cobardía o simplemente la Esperanza de que lo superarías y fuera todo mucho más fácil. Te pido perdón y espero que si Dios pone otra ocasión de éstas en mi camino sepa reaccionar con más Caridad y hombría de lo que lo he hecho contigo. Sé que me perdonas y entiendes, al menos así lo espero.
En el abrazo de condolencia que le di a Maribel me dijo: “al final se fue y no te invitó a la cerveza”, no importa, sé que la tomaremos y la pagarás tú en el momento que te dé la oportunidad, que ojalá tarde mucho. Te saldrá cara seguro, pues ahí estáis muchos con los que poderla compartir y que sois buenos hermanos, buenos “combebercios” y buenos combeneficiados. Si existe la eterna Hermandad y Cofradía en la que fiamos, te habrán recibido de escándalo. Tú tenías buenos embajadores, y hoy gozas de ellos: Tu tío Juan, Luque, Rafalito Reina, Salvi, Pepillo, Joaquín Pinilla, Joaquín de los Reyes, José Antonio Núñez Cubero, Ales, Ramón Ybarra, Juan Zorrilla, Antonio Paz y tantísimos otros que ya disfrutáis de la cercanía de Ellos.

A tu recuerdo Juanjo, va por ti Hermano.

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