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5 feb. 2009

NO. NO. QUE NO, HOMBRE, QUE NO.

No es por la vuelta a Trento, o aún a tiempos anteriores, por lo que se tienen que distinguir nuestras Hermandades. Es por desarrollar las directrices emanadas del Concilio Vaticano II para ver si somos capaces de tenerlo totalmente en vigor para el Tercer Milenio; paciencia, tenemos por delante: novecientos noventa y un años, hay tiempo.
En nuestras Hermandades, algunas veces no sabemos como destacar en lo superfluo. Ahora de la mano de Priostes, anclados en la memoria de los tiempos, rancios se les llama ahora, estamos rescatando formas similares a los viejos altares de cultos que se montaban.
No lo veo mal siempre que sea para rescatar: lo figurativo; lo bonito; lo entrañable; etc., de aquellos montajes pero sin perder la perspectiva. Aquellas cantidades de cirios tan grandes en número y corta en distancia no eran cosa baladí, era pura necesidad al no existir otros medios para iluminar a nuestras Sagradas Imágenes. Hoy no es necesario someter a nuestras Imágenes a aquellas torturas: calor, humo, suciedad, etc., para que las podamos disfrutar en su plenitud; desgraciadamente son muchas, de Ellas, las que padecen los efectos de aquellos excesos y del uso de aquellos medios. Hablemos con los restauradores si no nos creemos este argumento.
Pero no es en esto anterior donde veo la dificultad. La dificultad la veo en que en el año dos mil nueve, y a muchos de haberse celebrado el Concilio Vaticano II, son muchos los Sacerdotes que, aparentemente al menos, parecen no haberse enterado. Para eso nada mejor que escudarse en cualquier argumento: Encíclicas, Opiniones o derechos admitidos por nuestro actual Santo Padre.
A estos Curas seguramente les gustará que todo permanezca como estaba antes, algunos añorarán hasta la jícara del chocolate y los picatostes en las meriendas con los ricos de la feligresía. No porque lo hayan vivido pero lo habrán visto, como muchos de nosotros, en películas antiguas. Seguramente también deberían añorar el tazón de “café negro”, migado con pan duro que se tomaba en, no todas desgraciadamente, las casa pobres También añorarán otras muchas cosas de las que gracias sean dadas a Dios han pasado a la historia de la Iglesia Santa Católica y Apostólica.
La Eucaristía debe ser abierta a la compresión de todos, participativa en su ritual y sobre todo CLARA en su desarrollo.
Nuestro Señor en su última cena no se volvió de sus discípulos al bendecir y repartir el Pan. Tampoco se ocultó nunca ni habló o rezó en voz baja, al contrario dijo alto y claro todo lo que tenía que decir, ni desecho ni despreció a nadie por su apariencia o forma de pensar.
Enséñennos nuestros actuales Curas donde está el verdadero Reino de Dios, abiertamente, con alegría, con el ritmo que nos marca nuestra actual vida y como poderlo vivir. Es muy gratificante leer a José Antonio Pagola y participar de su forma de entender a Dios y sus enseñanzas. De él, de Pagola, os recomiendo su libro: JESÚS. APROXIMACIÓN HISTÓRICA, editorial: P. P. C.
Ahí queó, ¡miarma!

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