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23 feb. 2009

BESA PIÉ DE MI SEÑOR

Hoy he estado todo el día en una de mis Hermandades, creo que me ha venido bien. Empecé el día desayunándome unos calentitos estupendos en el bar la Hacienda de San Julián en compañía de mi hijo más pequeño. Éste, iba perfectamente ataviado, que no disfrazado, de cofrade: traje azul, camisa blanca con corbata de rayas blancas y amarillas y, lo principal, su escudo de solapa de nuestra Hermandad recuerdo del día de su primera Comunión.
Me gusto ver a mi Señor a solas en la penumbra del templo, apagado aún, iluminado por un rayo de sol que le daba en el rostro. Al encender los guardabrisones que le escoltaban, he estado muy cerca de Él y le he podido decir pensamientos difíciles de explicar a otras personas, pues no han sido estos pasados días últimos los mejores que he tenido en mi Hermandad. Sé de mi intransigencia en ciertas cosas pero no lo sé remediar, que Dios y mis hermanos me perdonen.
La siguiente persona que ha entrado en el templo ha sido el Hermano Mayor, tampoco él ha tenido sus mejores días en los últimos pasados en la Hermandad por causa mía, entre él y yo pocas palabras son necesarias, y el Señor lo sabe, de ahí que haya propiciado el encuentro de los dos delante de Él. No han hecho falta palabras, ha sido el diálogo de la experiencia para preparar el templo de cara a celebrar el besa pié que comenzaba en muy pocos minutos después: él preparando con las camareras, y los chavales de la juventud, los detalles que quedaban para montar la mesa de venta de recuerdos, yo encendiendo las velas y luces, abriendo la Capilla Sacramental y encendiendo el incensario.
En el transcurso de toda la jornada han aparecido muchos hermanos, pero no me refiero a los de diario, no, me refiero a ese hermano que ves llegar cuando están pasando momentos malos pero también en los buenos; los que ves llegar a sacar su papeleta de sitio sin preocuparse del sitio dónde irán durante la Estación de Penitencia; los que no buscan el banco destacado en los días de cultos; los que llegaron a la Hermandad a la llamada del “costal” y ahora tiene el placer de ir acompañados por sus hijos en las trabajaderas: ¿verdad “peluca”?; o el que ha conocido a la que es hoy su mujer en el grupo joven cuando eran unos niños: ¿verdad Jaime?; o los más dolorosos, a los que han sabido sobreponerse y entenderse con el Señor después de perder a un hijo en la niñez o en su primera juventud: ¿verdad Ignacio?, ¿verdad Salvador?
Vienen los días grandes en nuestras Hermandades y yo estoy deseando de recibir a mis hermanos ¿capiroteros?, benditos sean, para entregarles sus papeletas de sitio, para desvivirme por ponérselo fácil y servirlos, en sus necesidades, ya que son los verdaderos sostenedores de nuestras Instituciones. Qué sería sin sus cuotas, o sin el importe de sus sitios en la cofradía, de nuestras obras sociales o de la conservación de nuestros patrimonios. Por ellos me siento orgulloso de ser Mayordomo, y gozar de su confianza, en una de mis Hermandades.
Ya estás Señor en tu altar, ya estoy más tranquilo y seguro que duermo esta noche mejor.
Gracias Dios mío.
Ahí queó, ¡miarma!

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