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31 may. 2009

ESTRENANDO CHARRÉ

De entre mis caminos rocieros recuerdo con nostalgia algunos que compartí con mi amigo Juanma Ojeda, su hijo Alonso de siete años, y mi hijo Jesús de la Salud de nueve años, que era la edad que tenían entonces. Íbamos en una organización grande y variada en componentes y aunque compartíamos muchos momentos con el resto, nosotros cuatro, hacíamos un camino a nuestra manera en un pequeño charré que conseguimos y fuimos arreglando poco a poco.

Fueron tres o cuatro años distintos, por muchos motivos pero sobre todo por el tema del charré que dio para mucho. Para el comienzo del camino el jueves, empezó el día temprano después de una noche corta de últimos preparativos y ultimando el tapizado de los asientos. Recuerdo en la Misa de romeros el abrazo, de deseo de buen camino, a mi hijo que temblaba de emoción ante la nueva experiencia que afrontaría aquella misma tarde.

La salida de la Hermandad de la ciudad fue mucho más pausada que lo es hoy en día, no había tantos problemas con los Ayuntamientos de los pueblos que cruzábamos como hay ahora y, por lo tanto, se podía disfrutar del cafelito y un buchito de aguardiente al fresco de la mañana en cualquier velador de la Plaza de Cuba. En el cuartel de la Policía Nacional, donde se hacía el Angelus, teníamos programada la reagrupación de la organización, pues hasta ese punto de encuentro cada uno íbamos por nuestra cuenta. La salida de Sevilla de la Hermandad permite mucho la dispersión de las organizaciones por las muchas personas que la acompañan y lo estrecho de las calles por donde se transita, también porque no todos los componentes son ligeros a la hora de levantarse.

Desde allí, desde el cuartel, subimos hasta Mairena donde, en casa de Juanma, almorzamos informalmente y tomamos una copa con gran afluencia de peregrinos, que allí hacían parada y fonda, esperando al resto de la Hermandad. Allí comenzaba también nuestro camino en el charré pues, además de ser más fácil mecánicamente la operación, no creímos nunca conveniente bajarlo a Sevilla y así evitarle a la bestia que lleváramos el esfuerzo de subir la cuesta de San Juan de Aznalfarache.

Para el estreno de la nueva experiencia, de charré, nos quedamos un poco atrás los cuatro preparando un “costito”para el camino que nos quedaba hasta Cuatrovitas. Pusimos en una nevera: mucho hielo, ron, ginebra, whisqui, tónica, coca, naranja, limón, frutos secos, unas tortas de aceite y cortadillos para merendar, y unas limas pequeñitas y verdes para el roncito. Partimos muy despacio; sintiéndonos, gustándonos, y al muy poco tiempo los niños ya le habían cogido el aire al mulo, coliflor se llamaba éste, y por lo tanto nosotros los mayores podíamos relajarnos. No os digo nada de la tranquilidad ganada en el momento que salimos de Almensilla y entramos en los carriles y consecuentemente perdimos el peligro de la carretera y coches. Íbamos agustito, muy poquito a poco e hicimos mas paradas que hace en todo su camino de ida y vuelta la Hermandad de Córdoba, que creo que es la que tiene más días de camino.

Buchitos de ron con limón, mucho hielo y su trocito de lima creo que nos bebimos más de los que nos correspondían para todo el rocío, nos perjudicamos un poco o, a decir verdad, un mucho. Todo iba bien y disfrutando los cinco: nosotros dos, Juanma y yo, de arte; los niños disfrutando como locos, y el mulo, que se lo habíamos alquilado a Frasco, no había ido nunca ni a un rocío ni a ninguna romería con gente más tranquila y respetuosa con él: tiraba de categoría, iba a su paso, la boca y nariz con las riendas en manos de dos niños menores de 10 años, os podéis figurar, y de fusta usábamos una vara de cohete. En definitiva; de ole todos y por ese motivo no dejamos ni una sombra sin parar un ratito, tomarnos un buchito y echar un cantesito.

Lo malo empezó cuando se vino la noche encima y no escuchábamos nada más que los ruidos propios del campo y no veíamos ni rastro de cohetes, coches, remolques, ni nada de nada y de cobertura en el teléfono móvil cero. Habíamos pasado Monesterejo, por eso sabíamos que caminábamos en la buena ruta, pero la verdad es que nos habíamos despreocupado en exceso. Peor se puso la cosa cuando los niños empezaron a decir que tenían frío y no teníamos nada de abrigo que ponerles. Debió ser un “ángel rociero” el que nos visitó y nos debió inyectar imaginariamente B12 en vena pues la tranca que llevábamos desapareció de momento, pero poco arreglaba aquello pues sabéis que dice el refrán: de noche todos los gatos son pardos. No se veía a cinco metros y seguíamos sin tener ninguna señal que nos pudiera indicar nuestro destino.

No podíamos atemorizar a los niños y por tanto seguimos, la verdad que sin tener que esforzarnos, de cachondeo y con la conducta que habíamos traído toda la tarde quitando, evidentemente, las paradas y los buchitos. También ayudó a tranquilizarnos el recordar que habíamos previsto unos capotes para la lluvia que se pusieron los niños y dejaron de pasar frío. Hubo un momento que dice Alonso: si seguimos por este camino de la derecha, cuando pasé un ratito, llegamos a un puente. Nos miramos, Juanma y yo, y, como nada había que pudiera empeorar la situación, dijimos: pues tira por ahí. Entramos en el nuevo camino y no habían pasado cinco minutos el puente a la vista. Ole, tres o cuatro “yoyas” en el cogote de los niños, dos o tres bromas y el ánimo de todos para arriba. Dice otra vez Alonso: si seguimos por ese camino de ahí llegamos a un árbol muy grande en un ratito. De nuevo igual que antes y al poco tiempo un árbol más grande que la mar. Así fue diciendo referencias y en una hora más menos empezamos a ver explosiones de cohetes y lo mejor: nos empezó a llegar el sonido. Ya a lo lejos se escuchaban ruidos de motores y al poco tiempo empezamos a ver luces de vehículos a lo lejos. Ahora en frío es escalofriante pensar como un niño pequeño puede llegar a memorizar detalles que para los demás pasan desapercibidos.

Viendo ya que estábamos de nuevo en la civilización no tuvimos más remedio que parar un ratito y tomarnos un buchito, pues tampoco era necesario deslomar en el primer día a nuestro compañero coliflor. Al llegar a Cuatrovitas nuestras mujeres, las madres de los niños, nos estaban esperando a la entrada y os podéis imaginar los improperios y la bronca que nos echaron, eso que íbamos fresco como una rosa; bueno, la verdad es que más que fresco íbamos como Walt Disney los dos mayores y excesivamente preparados, técnica y físicamente, para empezar una noche que después fue generosa en vivencias y confraternidad rociera hasta tempranas horas del amanecer que comenzaron nada más desenganchar a coliflor, darle de beber un agua limpia y fresca y ponerle una espuerta de alfalfa como no se había comido en su vida.
¡Que buen rocío echaste, coliflor!

Bueno, vamos a dejarlo ahí, ¡miarma!. Ya os contaré más en otra entrada.

3 comentarios:

Pepe Luis dijo...

Que buenos recuerdos me has traido de mis primeros caminos con la Hermandad de Sevilla.
Cuanto bueno vivimos haciendo aquel primer día de camino hasta Cuatrovitas...

sevillana dijo...

Mira que con to la gente que va perderse, eso solo te pasa a ti amigo.
Yo he coincidió con los peregrinos de Córdoba a la entrada del Puente del Ajóli, al llegar ahí llevaban una semana de camino, casi ná.
Saludos

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Hola Pepe Luis, me alegra haber despertado en ti, con mi entrada, recuerdos agradables. Es verdad lo que dije en otra entrada, en la Hdad de Sevilla hay señorio y se camina bien hacía el rocío.
Gracias por tu visita y comentario.
Home Sevillana, como para no perderse. Muchas veces me miro en el espejo y todavía me veo la cara como la del indio de la etiqueta del ron cacique, y eso que de aquel camino hace lo menos seis años. Es imposible saber o calcular los buchitos que nos pudimos tomar aquella tarde.
Un beso, gracias por tu visita y comentario.