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30 may. 2009

CONSECUENCIAS DE UNA NOCHE DE DESVELO

No soy capaz de quitarme del pensamiento el tema del rocío. La verdad es que sin “acritud” sino más bien en tono “agradable”: me acuerdo de gente, recuerdo detalles de los caminos, recuerdo vivencias y, sobre todo, recuerdo anécdotas.

Ayer por la tarde tuve un “sofocón” con la foto de la carreta de Sevilla llegando a Cuatrovitas colgada por el Canónigo en su última entrada, Antonio la foto ya está como tapiz de mi escritorio espero que no te moleste, y por la primera frase de esa misma entrada. Que gran corazón tiene que tener y que buen amigo debe ser este Canónigo Alberico.

No puedo dormir y siento necesidad de hablar, en este caso escribir aunque sea torpemente, de mi ROCIO. Os cuento algunas anécdotas.

Preparando el primer camino que mencionaba en la anterior entrada, fui a la casa hermandad de Sevilla para ver cual era el método de unirse a la peregrinación. Ni yo ni ninguno de los que planeábamos ir éramos integrantes de la Hermandad. Preguntamos a la persona que nos atendió de entrada y nos dijo que no era necesario ser hermano pero, sí, que teníamos que hablar con el Alcalde Mayor de Carretas.
Este oficial de Junta era D. Joaquín Zulueta Trigo, "el Quini". Sí, el Quini famoso en Sevilla por ser Alguacilillo de la Maestranza, por ser Presidente de la Asociación de vecinos de la Ciudad Jardín, por ser otras muchas cosas más y lo principal, como descubrí con el transcurrir de los años, ROCIERO Y BUENA GENTE. Esa, la calle del Quini, sí que es una calle merecida y bien dedicada y no otras que están concediéndose en Sevilla, desgraciadamente, por un Ayuntamiento sin sentido y que ha perdido el norte, en muchos asuntos, para nuestro dolor y vergüenza.
Me pongo en contacto con él, con Quini, y me dice que lo único necesario para caminar con la Hermandad de Sevilla es querer hacerlo. Que tenemos que dar nuestros datos personales en la Secretaría y que teníamos que colgarnos en la medalla que llevásemos una cinta con los colores de la bandera de España que nos distinguirían como peregrinos, “oficiales”, de la Hermandad.
¿A que nos da derecho ir de peregrino y ponernos ese lazo? le pregunté inocentemente y su respuesta fue inmediata.
“Ese lazo te da derecho a empujar la carreta del Simpecado si se atasca”, así secamente dicho, como solía decir las cosas, y con la voz de autoridad asumida y trasladada desde el callejón de la plaza de los toros.

No era verdad, afortunadamente, lo que nos dijo pues, entonces la Hermandad de Sevilla, dejaba que se llevaran los macutos de los peregrinos en el carro de los cohetes; daba constantemente agua a los que íbamos alrededor del Simpecado a la vez que le daba a los carreteros; también iba “ el Verdejo” de Almensilla repartiendo bocadillos pequeños, cinco o seis veces al día, por cuenta de la Hermandad; y lo principal que nos daba aquel lazo que era la posibilidad de entrar en una Hermandad de señorío y que aún nos acoge en Ella.

Recuerdo con cariño cada vez que comentaba con Quini esta anécdota y se reía socarronamente diciendo: ¡a que te acojoné!, ¿eh?. Después descubrí en él a un buen hombre cariñoso y provocador de conversación. Muchas veces en los últimos años igual nos veíamos en los caminos, él en coche de caballo y yo como fuera: andando, en coche, en charré, etc., yo u otra persona cualquiera, pues vi usar esta estrategia con muchos, igual hacía en la taberna la Mina, en la casa hermandad o dónde fuera; te llamaba y te decía:
Illo, dame fuego por favor, hombre.
No tengo Quini era mi respuesta. Entonces él sacaba de su bolsillo un mechero y encendía el cigarro.
La inmediata pregunta mia era ¿entonces para que pides fuego, si tienes un mechero?
Y su respuesta ágil: sí, yo tengo fuego pero si no te lo pido no nos decimos ni buenos días y ahora como ves estamos hablando........ y ya seguía con la hebra pegá un buen rato, hablando de mil cosas: mataero, de tratos de ganao, de quites oportunos, de caballos, etc......., y, más que nada, de Rocío.

Recuerdo también una anécdota con “el Cani”, carretero del Simpecado de Sevilla muchos años. Habíamos pasado el centro estudio y me suelta de pronto.
Gordo, así me llaman mis amigos y así me decía él, tienes que coger a partir de octubre o por ahí, cuando pase la calor, e irte para mi cuarto algunas tardes, el cuarto le llama él al tinao donde tiene el ganado, y vamos a ver si te enseño a trastear a las bestias y el año que viene te vienes ayudándome.
Coño Cani, ¿y eso cómo es?, fue mi respuesta inmediata
Pues como va a ser, ¿tú no eres igual que yo? me dice.
Claro Cani, no voy a ser igual que tú, igual que cualquier tío vamos.
No gordo, tú no me estás entendiendo me dice, yo te digo que somos iguales porque los dos al final lo que hacemos es lo mismo: llevar a la Virgen para que la vea la gente.
Como entenderéis me dejó helado pues yo no sabía que él se había enterado por su hijo José, muy cofrade, que yo era capataz en Sevilla de una cuadrilla de costaleros. Me lo dijo de corazón y a poco que yo le hubiera puesto empeño seguro que hubiese tenido la oportunidad de hacerlo, lo estoy contando y aún se me erizan los vellos.

También con el Cani recuerdo con simpatía el día que me explicaba que había hecho una nave en el cuarto y que teníamos que quedar un fin de semana para comernos un arroz allí.
¿Es grande la nave? Cani, le pregunté
Sí, sí que es grande gordo: Allí he hecho una nave buena, pero buena de verdad, ya la verás.
Seguimos hablando del tema intrascendentemente y él nada más que hacía agregar invitados a la lista: pues tiene que venir fulano, y fulano también, y zutano también, y así llevaba media tarde, cada vez que se acordaba o veía a alguien que le agradaba: nueva invitación, llegado un momento dado le digo.
Cani, mucha gente estás invitando tú para el arroz ¿no te parece?, igual no cabemos tantos en la nave.
Que va gordo, la nave es grande. Fíjate si es grande que caben lo menos cincuenta o sesenta tíos acostados.

Ea, pues con ese sistema de medida a ver quien le llevaba la contraria.

¡Ven Rocío a mi alma aunque yo, este año, no llegue hasta Ti!

Ahí queó, hasta otro momento.

1 comentario:

sevillana dijo...

Pues mira yo recuerdo de pequeña cuando mis padres nos llevaban de visita a la casa del tio de mi padre en Espartinas, él era el boyero de la Hermandad.
Los bueyes vivian dentro de la casa en un recoveco que tenia y su ilusión cada vez que íbamos era subirnos a los bueyes.
Vívia para sus animales y sus hijas (mis tias) que ya son un tanto mayores, nuncan han faltao al Rocio me cuentan historias impresionantes de como se hacía el camino cuando eran pequeñas. Asi que estoy como tu en estos días, casi sin dormir y soñando con Ella.
Besitos